NO USES GABAPENTINA JUNTO A PREGABALINA

En la práctica clínica veterinaria, especialmente en el abordaje del dolor crónico y los trastornos conductuales, es cada vez más frecuente el uso de fármacos neuromoduladores. Dentro de este grupo, la gabapentina y la pregabalina, conocidas como gabapentinoides, ocupan un lugar relevante. Sin embargo, también es cada vez más habitual encontrar pacientes que reciben ambos fármacos de manera simultánea. Esta práctica, lejos de ser una estrategia terapéutica avanzada, suele reflejar un problema de base: desconocimiento farmacológico. Este artículo busca aclarar por qué gabapentina y pregabalina no deben utilizarse en conjunto y cómo tomar decisiones clínicas más precisas.
La gabapentina y la pregabalina son fármacos estructuralmente relacionados, diseñados inicialmente como análogos del GABA, aunque su mecanismo de acción real es diferente. Ambos actúan uniéndose a la subunidad α2δ de los canales de calcio dependientes de voltaje en el sistema nervioso central, reduciendo la liberación de neurotransmisores excitatorios y modulando la transmisión sináptica. En términos clínicos, esto se traduce en disminución del dolor neuropático, reducción de la reactividad neuronal, efectos ansiolíticos en ciertos contextos y sedación variable.
Una duda frecuente es si la combinación de ambos fármacos puede potenciar el efecto terapéutico. La respuesta es no. El uso conjunto no genera sinergia farmacológica, ya que actúan sobre el mismo sitio de acción, comparten el mismo mecanismo neurobiológico y producen efectos clínicos superponibles. Administrarlos en conjunto no potencia el tratamiento, sino que duplica el mismo mecanismo.
El problema principal de esta combinación no es solo la falta de beneficio, sino el aumento del riesgo de efectos adversos. Entre los más frecuentes se encuentran la sedación excesiva, la ataxia o incoordinación, la letargia, la debilidad y una mayor depresión del sistema nervioso central. En pacientes sensibles, geriátricos o con comorbilidades, esto puede impactar significativamente su bienestar y funcionalidad.
A pesar de esto, en la práctica clínica se sigue observando esta combinación. En la mayoría de los casos, no responde a una estrategia terapéutica deliberada, sino a falta de conocimiento sobre su mecanismo de acción, confusión entre sumar fármacos y optimizar tratamiento, o una escalada terapéutica sin reevaluación previa. Es importante entender que no todos los fármacos combinables generan sinergia y que en este caso la combinación es simplemente redundante.
Desde el punto de vista clínico, la clave está en el razonamiento y no en la acumulación farmacológica. Se debe elegir uno de los dos fármacos según el caso, considerando su perfil farmacocinético y la respuesta del paciente. Si la respuesta es insuficiente, es fundamental ajustar dosis o reevaluar antes de asumir falla terapéutica. También es necesario revisar el diagnóstico funcional, ya que un abordaje incorrecto del problema puede llevar a decisiones farmacológicas inadecuadas. Si no hay respuesta, es preferible cambiar de estrategia o incorporar un fármaco con un mecanismo distinto, en lugar de insistir en el mismo eje neurobiológico.
En farmacología clínica, más no es mejor, y en etología clínica la precisión terapéutica es parte fundamental del bienestar del paciente. Evitar combinaciones redundantes no solo mejora los resultados clínicos, sino que también refleja un ejercicio profesional más riguroso, consciente y fundamentado.

