LUN - VIE 09.00 - 18.00

LO QUE UNA TORTUGA ME HA ENSEÑADO SOBRE ETOLOGÍA DE PERROS Y GATOS

22.10.2026

Mi trabajo como médica veterinaria se ha centrado durante años en comprender, diagnosticar y tratar alteraciones del comportamiento en perros y gatos. Sin embargo, una de mis experiencias más interesantes de observación etológica ha ocurrido fuera de las especies con las que trabajo habitualmente.

Su protagonista es mi tortuga de orejas rojas (Trachemys scripta elegans). Convivir con ella me ha permitido observar comportamientos que muchas personas probablemente no esperarían de un reptil. Y aunque Andrea (si, ese es su nombre), no es una paciente ni constituye por sí sola evidencia científica, su comportamiento me ha llevado a reflexionar sobre principios fundamentales de la etología clínica: el aprendizaje, la cognición, la percepción, la motivación y las diferencias individuales.

Convivir con ella me ha permitido observar comportamientos que muchas personas probablemente no esperarían de un reptil. Y aunque Andrea no es una paciente ni constituye por sí sola evidencia científica, su comportamiento me ha llevado a reflexionar sobre principios fundamentales de la etología clínica: el aprendizaje, la cognición, la percepción, la motivación y las diferencias individuales.

Pero antes de profundizar en ello, quiero contarles un pequeño secreto.

Una invitada silenciosa en mis consultas y clases

Quienes han tenido consultas online conmigo probablemente han visto una luz blanca detrás de mí. Esa luz proviene del acuario de Andrea. Lo que muchos no saben es que, en ocasiones, mientras conversamos sobre el comportamiento de sus perros y gatos, Andrea está tranquilamente en mi regazo.

A veces levanta la cabeza cuando escucha alguna de sus voces. Algunas parecen captar especialmente su atención y varios tutores incluso han tenido la oportunidad de conocerla por la cámara.

Andrea también ha estado presente durante mis clases. Mis estudiantes han escuchado numerosas historias sobre ella, especialmente cuando abordamos conceptos relacionados con aprendizaje, percepción y cognición animal.

Y es que Andrea tiene una vida bastante interesante.

Ha viajado largas distancias, siempre procurando respetar sus necesidades particulares de transporte y bienestar. Tiene lugares favoritos, alimentos que prefiere sobre otros y formas bastante características de responder a diferentes situaciones.

También tiene personas con quienes interactúa de manera diferente, una aparente persona favorita, varios amigos humanos y podría decir que hasta su propio club de fans.

Pero lo más interesante, desde mi perspectiva profesional, es lo que estas observaciones permiten preguntarnos sobre las capacidades conductuales de los reptiles.

Los reptiles no son organismos de respuestas exclusivamente reflejas

Durante mucho tiempo, los reptiles han sido considerados animales con capacidades cognitivas relativamente simples, cuyo comportamiento estaría determinado principalmente por respuestas instintivas.

Sin embargo, la investigación en cognición comparada ha cuestionado progresivamente esta interpretación.

Actualmente existe evidencia de que distintas especies de reptiles pueden desarrollar aprendizajes asociativos, discriminar estímulos visuales, resolver determinadas tareas, utilizar información espacial y, en algunos casos, aprender mediante la observación de otros individuos.

Una revisión de Roth y Krochmal (2024), publicada en Current Biology, aborda precisamente la cognición reptiliana desde una perspectiva comparada.

Lo interesante es que estas capacidades no necesitan expresarse de la misma manera que en mamíferos o aves.

Y aquí aparece una de las primeras enseñanzas que me ha dejado Andrea: no podemos evaluar las capacidades de una especie utilizando exclusivamente las expectativas que tenemos sobre otra.

Reconocimiento, aprendizaje y memoria: ¿qué ocurre cuando Andrea escucha mi voz?

Una de las conductas que más me llama la atención es que Andrea responde de manera diferente a mi voz y a sus distintos tonos.

También he observado respuestas particulares frente a determinadas personas y situaciones.

Desde una perspectiva etológica, estas observaciones abren varias hipótesis.

Los animales pueden aprender a discriminar estímulos acústicos, visuales y contextuales mediante experiencias repetidas. Una voz, por ejemplo, puede adquirir valor predictivo cuando se asocia con alimentación, manipulación, interacciones habituales u otros acontecimientos.

Por lo tanto, que Andrea modifique su comportamiento cuando escucha mi voz podría estar relacionado con procesos de discriminación de estímulos y aprendizaje asociativo.

Esto no significa que podamos afirmar, únicamente a partir de esa observación, que identifica mis emociones o comprende el significado de lo que digo.

Reconocer una señal y comprender su significado emocional son procesos diferentes.

Esta distinción es especialmente importante en etología clínica.

Cuando un perro modifica su comportamiento frente a un determinado tono de voz, o un gato anticipa una situación al reconocer una rutina, necesitamos analizar qué estímulos están controlando esa respuesta y cuál ha sido su historia de aprendizaje.

La interpretación emocional puede formar parte de nuestras hipótesis, pero no debería reemplazar el análisis conductual.

Una tortuga capaz de discriminar cantidades

Uno de los hallazgos científicos que más me interesa compartir involucra precisamente a la especie de Andrea.

En 2023, Sun y colaboradores publicaron en Biology Letters un estudio sobre discriminación de cantidades relativas en tortugas de orejas rojas (Trachemys scripta elegans).

Los investigadores utilizaron procedimientos de aprendizaje con recompensas alimentarias y posteriormente evaluaron la capacidad de los animales para discriminar entre diferentes cantidades de estímulos.

Los resultados mostraron que la mayoría de los individuos consiguió completar el entrenamiento inicial y que podían utilizar información relativa sobre cantidades para realizar elecciones.

Esto no significa que las tortugas cuenten como lo hacemos los humanos ni que posean habilidades matemáticas equivalentes a las nuestras.

Pero sí proporciona evidencia experimental de una capacidad de discriminación cuantitativa que tradicionalmente ha recibido mucha más atención en mamíferos y aves.

Investigaciones posteriores, como la de Lin y colaboradores (2024), también han evaluado estas capacidades en tortugas de orejas rojas.

Estos estudios nos muestran una idea importante: la cognición animal es diversa y sus manifestaciones deben estudiarse considerando las características perceptivas, ecológicas y motivacionales de cada especie.

Preferencias, motivación e individualidad

Andrea tiene sus lugares favoritos, alimentos que prefiere y patrones particulares de interacción con su entorno.

También he observado que suele buscarme cuando me alejo.

¿Significa esto que Andrea tiene un vínculo afectivo conmigo equivalente al que puede desarrollar un perro con su tutor?

No necesariamente.

La búsqueda de proximidad puede estar influida por múltiples factores: aprendizaje, familiaridad, anticipación de acontecimientos, motivación alimentaria, exploración o características del contexto.

Determinar qué procesos participan requeriría observaciones sistemáticas y procedimientos específicos.

Sin embargo, que no podamos establecer con certeza la motivación de una conducta no significa que debamos ignorar su existencia.

En etología clínica, este principio es fundamental.

Dos perros pueden mostrar una misma conducta por razones diferentes. Dos gatos pueden reaccionar de manera distinta frente a una situación aparentemente idéntica.

De la misma forma, dos tortugas de la misma especie pueden presentar diferencias en sus preferencias, experiencias y patrones de respuesta.

Estas diferencias individuales son relevantes para comprender la conducta y también para promover el bienestar.

Reconocerlas implica abandonar la idea de que todos los individuos de una especie responderán necesariamente de la misma manera frente a un estímulo.

¿Y qué sabemos sobre el aprendizaje social de los reptiles?

Otro aspecto fascinante de la cognición reptiliana es que algunas especies pueden utilizar información obtenida mediante la observación de otros individuos.

Wilkinson y colaboradores (2010) demostraron que tortugas terrestres de patas rojas (Chelonoidis carbonarius, citada originalmente como Geochelone carbonaria) podían aprender a resolver una tarea de desvío observando a otro individuo.

Este hallazgo resultó especialmente interesante porque se trataba de una especie que no presenta una organización social grupal comparable a la de muchos mamíferos.

Posteriormente, otros estudios también han documentado formas de aprendizaje social en diferentes reptiles.

Una revisión publicada en Philosophical Transactions of the Royal Society B (2025) analiza las evidencias disponibles sobre aprendizaje social y la posibilidad de procesos culturales en reptiles, reconociendo tanto sus capacidades como las importantes limitaciones del conocimiento actual.

Esto no significa que todas las especies de reptiles aprendan socialmente de la misma manera ni que podamos extrapolar estos resultados directamente a Andrea.

Pero sí nos invita a revisar una suposición frecuente: que las capacidades cognitivas complejas necesariamente requieren formas de organización social semejantes a las humanas.

Lo que Andrea me recuerda sobre mi trabajo con perros y gatos

En etología clínica, muchas veces recibimos consultas centradas en una conducta específica.

Un perro que ladra, un gato que agrede, un animal que evita determinadas situaciones o que busca constantemente la proximidad de una persona.

Sin embargo, observar una conducta no equivale a comprender su función.

Necesitamos conocer la historia del individuo, su estado de salud, sus experiencias previas, las características del ambiente, sus capacidades perceptivas y los procesos motivacionales que pueden estar participando.

Convivir con Andrea me recuerda permanentemente la importancia de mantener una mirada comparada y evitar interpretaciones apresuradas.

También me ha reforzado cuatro principios que considero esenciales:

  • La conducta tiene una historia: las experiencias previas modifican las respuestas futuras.

  • La percepción es específica de cada especie: los animales no necesariamente perciben ni jerarquizan los estímulos como nosotros.

  • La motivación importa: una misma conducta puede responder a necesidades o procesos diferentes.

  • La individualidad debe considerarse: pertenecer a una especie no elimina las diferencias entre individuos.

Estos principios son aplicables tanto al estudio del comportamiento normal como a la evaluación de alteraciones conductuales. Y yo los aplico día a día con cada uno de mis pacientes. 

Y aunque la investigación en reptiles no puede trasladarse automáticamente a la práctica clínica con perros y gatos, sí ofrece una perspectiva comparada que amplía nuestra comprensión del comportamiento animal.

La importancia de no subestimar otras formas de cognición

La investigación científica todavía tiene muchas preguntas pendientes sobre las capacidades cognitivas, sociales y emocionales de los reptiles.

Sabemos que algunas especies presentan habilidades de aprendizaje, memoria, discriminación y resolución de problemas más complejas de lo que tradicionalmente se suponía.

Sin embargo, debemos evitar tanto subestimar estas capacidades como atribuirles procesos que todavía no han sido demostrados.

Para mí, esa es precisamente una de las enseñanzas más valiosas de convivir con Andrea.

Su comportamiento me genera preguntas, me obliga a observar con atención y me recuerda que la etología es una disciplina que exige curiosidad, pero también rigurosidad.

Andrea tiene sus preferencias, sus rutinas, sus respuestas particulares y una historia de experiencias que la hace un individuo único.

Y aunque mi trabajo cotidiano está dedicado principalmente a perros y gatos, ella sigue ofreciéndome oportunidades para reflexionar sobre la diversidad del comportamiento animal.

Quizás el verdadero desafío de estudiar otras especies no sea descubrir cuánto se parecen a nosotros, sino aprender a reconocer la complejidad de sus capacidades sin exigirles que se comporten como nosotros.

Porque comprender a un animal comienza por reconocer que su manera de experimentar el mundo puede ser profundamente distinta de la nuestra.

Y esa es una lección que Andrea me sigue enseñando.

¿Quieres leer más?

  1. Roth, T. C. II, & Krochmal, A. R. (2024). Reptilian cognition. Current Biology, 34(4), R129–R130. https://doi.org/10.1016/j.cub.2024.01.048

  2. Sun, X., Piao, Y., Wang, T., Wang, J., Fu, J., & Cui, J. (2023). Keep numbers in view: red-eared sliders (Trachemys scripta elegans) learn to discriminate relative quantities. Biology Letters, 19, 20230203. https://doi.org/10.1098/rsbl.2023.0203

  3. Lin, F.-C., et al. (2024). Trained quantity discrimination in the invasive red-eared slider and a comparison with the native stripe-necked turtle. Animal Cognition. https://doi.org/10.1007/s10071-024-01850-0

  4. Wilkinson, A., Kuenstner, K., Mueller, J., & Huber, L. (2010). Social learning in a non-social reptile (Geochelone carbonaria). Biology Letters, 6(5), 614–616. https://doi.org/10.1098/rsbl.2010.0092

  5. Cold-blooded culture? Assessing cultural behaviour in reptiles and its potential conservation implications. (2025). Philosophical Transactions of the Royal Society B, 380, 20240129. https://doi.org/10.1098/rstb.2024.0129

  6. Learning in non-avian reptiles 40 years on: Advances and promising new directions. Revisión científica sobre aprendizaje, memoria, discriminación y resolución de problemas en reptiles. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/33073470/


Share