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¿POR QUÉ SOY TAN BUENA EN LO QUE HAGO PERO NO SOY INFLUENCER?

01.10.2026

Hace tiempo que varias personas me preguntan por qué no subo más contenido, por qué no hago reels, por qué mis publicaciones no son más bonitas o por qué no aparezco en entrevistas o medios de comunicación como "otros".

Y la verdad es que a veces me da un poco de risa, porque siento que hoy, además de trabajar, pareciera que uno tiene que encontrar tiempo para demostrarle al resto que está trabajando.

No tengo nada en contra de las redes sociales. Las uso, me gusta compartir lo que sé y creo que son una herramienta muy valiosa para acercar el conocimiento a otras personas. Pero nunca he querido ser influencer, ni tengo planes de convertirme en una.

Soy médica veterinaria y mi trabajo principal es atender pacientes.

Todos los días veo perros y gatos con problemas conductuales. Tengo una casuística bastante alta. 

Algunos llegan con historias bastante complejas, después de pasar por varios profesionales, probar distintos tratamientos o recibir recomendaciones que no necesariamente eran adecuadas para su situación.

Hay pacientes que mejoran rápidamente, otros que necesitan meses de seguimiento y otros que me obligan a volver a estudiar, revisar literatura o replantearme hipótesis que inicialmente parecían bastante razonables.

Y eso es algo que me gusta de mi profesión. Que nunca está todo resuelto, que siempre hay algo que aprender y que la experiencia clínica también se construye enfrentándose a aquello que no sale como uno esperaba.

Además, hago docencia, reviso trabajos de estudiantes, participo en actividades académicas, de mi gremio y tengo otros compromisos profesionales.

Y fuera de todo eso, tengo una vida personal bastante ocupada. Tengo una familia, amigos, tengo mis propios intereses, (muchas) responsabilidades y cosas que disfruto hacer y que no tienen nada que ver con la medicina veterinaria.

Entonces, cuando alguien me pregunta por qué no hago más videos o cosas así, pienso: ¿en qué momento se supone que podría hacerlos?

Porque grabar, editar, preparar publicaciones, responder comentarios y mantenerse activo en redes también es un trabajo. Y es un trabajo aparte que requiere tiempo, planificación y bastante dedicación.

Y yo, simplemente, no quiero agregar ese trabajo a todo lo que ya hago.

Con los medios de comunicación pasa algo parecido. Muchas veces me contactan porque necesitan una entrevista o una respuesta inmediata. Y no siempre puedo estar disponible. No voy a interrumpir una consulta o reorganizar toda mi agenda con pacientes para aparecer en una nota que muchas veces dura un par de minutos apenas. 

Pero hay algo detrás de estas preguntas que me interesa mucho más.

¿Por qué hemos comenzado a asociar la visibilidad de una persona con su experiencia profesional?

Hace poco estuve leyendo un artículo de Mariah Wellman (2026), que plantea una distinción que me pareció muy interesante: influencers with expertise y experts with influence. Es decir, personas que construyen autoridad a través de su presencia digital y profesionales cuya experiencia y conocimientos sustentan su influencia.

No son necesariamente categorías excluyentes, pero tampoco son lo mismo.

Y creo que esa distinción es especialmente importante cuando hablamos de salud.

Hoy encontramos personas que hablan de comportamiento animal todos los días. Explican conductas, entregan consejos, comentan videos y parecen tener una respuesta para prácticamente cualquier situación.

Algunas hacen un excelente trabajo de divulgación. Otras, no tanto.

Pero lo que me preocupa es que muchas veces, como audiencia, terminamos confundiendo la facilidad para explicar algo con la capacidad de abordarlo clínicamente.

Saber hablar de un problema no es lo mismo que saber diagnosticarlo y tratarlo.

Y esto no es un detalle menor. Porque en Etología Clínica trabajamos con pacientes reales, no con ejemplos de manual. 

Un perro que agrede puede hacerlo por múltiples razones. Un gato que presenta una alteración conductual puede tener una enfermedad que todavía no ha sido identificada. Un tratamiento que funciona muy bien en un paciente puede ser completamente inadecuado para otro.

En consulta no basta con conocer recomendaciones generales, eso lo puedes buscar tu mismo en google o chatGPT. La diferencia es que hay que saber cuándo aplicarlas, cuándo no hacerlo y qué hacer cuando no funcionan.

Hay que asumir decisiones y hacerse responsable de sus consecuencias.

Y eso es bastante distinto en aparecer hablando en un video de 30 segundos.

Otro trabajo que me pareció interesante es el de Holroyd y Wellman (2026), donde desarrollan el concepto de autoridad afectiva. En términos sencillos, explican cómo las emociones, la cercanía y la confianza que nos genera una persona pueden influir en la autoridad que le atribuimos. Y tiene mucho sentido.

A veces sentimos que alguien sabe muchísimo porque nos gusta cómo explica, porque nos resulta cercano, porque habla con seguridad o porque lo vemos constantemente.

Pero sentir confianza en alguien no significa necesariamente que hayamos evaluado sus competencias.

Que alguien nos parezca creíble no demuestra, por sí solo, que lo que dice sea correcto.

Creo que ahí tenemos un problema importante, especialmente cuando la información puede influir en decisiones sobre la salud de otros seres vivos.

También pienso bastante en lo que mostramos y dejamos de mostrar en internet.

El sociólogo Erving Goffman estudió hace décadas cómo las personas presentamos distintas facetas de nosotros mismos dependiendo del contexto. Posteriormente, Bullingham y Vasconcelos (2013) retomaron sus planteamientos para estudiar cómo construimos nuestra identidad en los espacios digitales.

Y me parece que esto ayuda a entender algo bastante cotidiano: lo que vemos de una persona en redes sociales es solo una parte de su realidad.

Una parte seleccionada, editada y presentada de determinada manera.

Eso no significa necesariamente que sea falsa. Pero tampoco significa que sea representativa de todo lo que esa persona hace.

Y, al revés, que alguien no muestre algo no significa que no esté ocurriendo.

Por ejemplo, yo no publico ninguno de los pacientes que atiendo (por confidencialidad), no documento cada mejoría (por lo mismo y por tiempo), no comparto cada artículo que leo (por tiempo y porque se me olvida) y tampoco cuento todas las actividades en las que participo (por tiempo y porque se me olvida). 

Muchas veces termino una jornada de consultas y lo último que quiero es abrir Instagram para explicar lo que hice durante el día. Quiero cerrar el computador y hacer otra cosa.

Y me parece curioso que hoy eso casi necesite una explicación. Créanme que he tenido que darla últimamente a varias personas. 

Porque pareciera que estamos normalizando una exigencia bastante extraña: no basta con ejercer una profesión, también hay que construir permanentemente una imagen pública de ese ejercicio.

Hay que mostrarse ocupado, actualizado, exitoso, interesante y, ojalá, hacerlo en un formato bonito.

Pero la práctica clínica real no siempre es bonita ni entretenida.

A veces es pasar horas revisando antecedentes. A veces es estudiar un caso que no termina de cuadrar. A veces es explicarle por tercera vez a una familia por qué un tratamiento necesita tiempo. A veces es reconocer que algo no funcionó y que debemos buscar otra alternativa.

Y muchas veces es simplemente trabajar, sin que ocurra nada particularmente extraordinario que merezca convertirse en una publicación.

No creo que quienes divulgan sean menos profesionales, ni que quienes publicamos menos seamos mejores clínicos. Sería absurdo plantearlo así.

Conozco el valor de comunicar ciencia y también sé que existen profesionales capaces de combinar muy bien ambas actividades.

Lo que cuestiono es que estemos utilizando la popularidad como una especie de certificado de experiencia.

Que se confunda tener muchos seguidores con tener muchos pacientes.

Que se confunda aparecer constantemente en medios con ser un referente clínico.

O que se asuma que una persona tiene menos conocimientos porque no se dedica a producir contenido atractivo.

La experiencia clínica se construye de otra manera. Y aunque comunicarla puede ser valioso, no necesita ser exhibida permanentemente para existir.

Así que probablemente seguiré publicando cuando tenga algo que me interese compartir, cuando encuentre un artículo que valga la pena discutir o cuando alguna experiencia clínica me lleve a reflexionar sobre determinado tema.

Mis publicaciones quizás no serán las más preciosas, subiré videos una vez al año y seguramente seguiré sin poder responder a todas las invitaciones que reciba. Y está bien para mi.

No quiero dedicar más tiempo a mostrar mi trabajo que a hacerlo.

Y tampoco crean que no comparto mis experiencias o lo que voy aprendiendo. ¡Lo hago constantemente!

Lo hago durante las consultas, conversando con las familias de mis pacientes. Lo hago en mis clases, con mis estudiantes, donde muchas veces terminamos discutiendo casos clínicos, experiencias y situaciones que difícilmente podrían resumirse en una publicación. 

Así que, si no me ven mucho por aquí, probablemente nos encontremos en alguna consulta, en una clase, en una charla o en el próximo congreso.

Y si no, quizás simplemente esté disfrutando de mi vida fuera del trabajo, que también me gusta bastante.

Porque, al final, no quiero vivir pendiente de tener algo que mostrar. Prefiero seguir teniendo cosas que vivir, aprender y compartir, aunque muchas de ellas nunca lleguen a Instagram.

Y para quienes quieran profundizar

Estos son algunos de los artículos que me hicieron reflexionar sobre el tema:

  • Wellman, M. L. (2026). Informational Over Aspirational: Delineating "Influencers With Expertise" and "Experts With Influence" in the Wellness Industry. Social Media + Society. https://doi.org/10.1177/20563051261427977

  • Holroyd, D., & Wellman, M. L. (2026). Affective Authority: Understanding Health and Wellness Influence on Social Media. Social Media + Society. https://doi.org/10.1177/20563051261487534

  • Bullingham, L., & Vasconcelos, A. C. (2013). The presentation of self in the online world: Goffman and the study of online identities. Journal of Information Science, 39(1), 101–112. https://doi.org/10.1177/0165551512470051


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