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SI UN ANIMAL TIENE DOLOR, NO PRETENDAMOS QUE SE PORTE BIEN

01.11.2026

Dolor, irritabilidad y alteraciones conductuales en perros y gatos: por qué la evaluación médica es fundamental en etología clínica.

Cuando un perro comienza a gruñir, un gato deja de tolerar las caricias o un animal previamente sociable se vuelve irritable, es frecuente que la primera preocupación de sus tutores sea su comportamiento.

¿Por qué está reaccionando así? ¿Por qué se ha vuelto agresivo? ¿Por qué ya no tolera situaciones que antes parecían no incomodarle?

Muchas veces, la búsqueda de soluciones se orienta rápidamente hacia el entrenamiento, las modificaciones ambientales o las intervenciones conductuales. Sin embargo, existe una pregunta que debería formar parte de toda evaluación clínica:

¿Y si ese animal tiene dolor?

El dolor no es solamente una experiencia física. Es también una experiencia sensorial y emocional desagradable que puede modificar profundamente la manera en que un individuo percibe su entorno, responde a los estímulos y se relaciona con otros.

Por eso, cuando hablamos de comportamiento animal, no podemos separar el cerebro del resto del organismo.

El dolor también modifica el comportamiento

El sistema nervioso no procesa el dolor de manera aislada. La experiencia dolorosa involucra circuitos relacionados con la percepción sensorial, las emociones, la atención, la memoria y las respuestas defensivas.

Cuando un animal experimenta dolor, especialmente si este es persistente, pueden producirse cambios importantes en su funcionamiento cotidiano.

Entre ellos encontramos:

  • Mayor irritabilidad y menor tolerancia al contacto físico.

  • Incremento de respuestas defensivas, como gruñidos, arañazos o mordidas.

  • Alteraciones del sueño y dificultades para descansar.

  • Disminución del juego, la exploración y las interacciones sociales.

  • Mayor sensibilidad frente a estímulos ambientales.

  • Cambios en el apetito, las posturas y los patrones de actividad.

  • Conductas de evitación, aislamiento o inquietud.

Estas manifestaciones no aparecen necesariamente juntas ni tienen la misma intensidad en todos los pacientes.

De hecho, algunos animales con dolor pueden mostrarse especialmente reactivos, mientras que otros se vuelven más silenciosos, retraídos o aparentemente tranquilos.

Que un animal no se queje, no cojee o no vocalice no significa que no tenga dolor.

Esta es una de las dificultades más importantes para reconocerlo, especialmente cuando se trata de cuadros crónicos.

El dolor crónico puede pasar inadvertido durante meses o años

A diferencia del dolor agudo, que suele asociarse a una lesión o enfermedad identificable, el dolor crónico puede desarrollarse progresivamente y generar modificaciones conductuales difíciles de reconocer.

Un perro con dolor osteoarticular puede comenzar a evitar determinados movimientos, mostrar resistencia a salir de paseo o reaccionar negativamente cuando alguien intenta moverlo de su lugar de descanso.

Un gato con enfermedad articular degenerativa puede dejar de utilizar superficies elevadas, disminuir su actividad, modificar sus hábitos de acicalamiento o mostrarse menos tolerante con otros animales del hogar.

En ambos casos, los tutores pueden interpretar estos cambios como parte del envejecimiento, una modificación del carácter o incluso un problema de comportamiento.

Sin embargo, detrás de esas conductas puede existir una condición médica que requiere evaluación y tratamiento.

Además, no debemos limitar la búsqueda de dolor al sistema musculoesquelético.

Las enfermedades gastrointestinales, urinarias, dermatológicas, dentales, neurológicas y otras condiciones médicas también pueden generar experiencias dolorosas o de malestar que afectan el comportamiento.

En etología clínica, esto es especialmente relevante porque algunos pacientes consultan por alteraciones conductuales mucho antes de que se identifique una enfermedad física.

¿Por qué un animal con dolor puede reaccionar agresivamente?

La agresividad no constituye, por sí misma, un diagnóstico. Es una respuesta conductual que puede aparecer en diferentes contextos y por distintas motivaciones.

Cuando existe dolor, una reacción defensiva puede tener una función muy concreta: evitar que una experiencia desagradable se repita o intensifique.

Pensemos en un perro que experimenta dolor lumbar.

Si cada vez que alguien intenta levantarlo siente molestias, puede comenzar a anticipar esa experiencia y reaccionar incluso antes de que lo toquen.

Algo similar puede ocurrir con un gato que presenta dolor articular y comienza a evitar las caricias o a defenderse cuando intentan manipularlo.

Desde fuera, estas respuestas pueden interpretarse como agresividad inesperada, intolerancia o mal carácter.

Pero desde la perspectiva del animal, pueden representar una estrategia de protección frente a una situación que anticipa como dolorosa.

No se trata de justificar cualquier conducta agresiva por la presencia de dolor, sino de comprender que una respuesta defensiva puede tener una explicación médica.

Y existe otro aspecto importante: si un animal ha aprendido a asociar determinadas manipulaciones o situaciones con dolor, esa asociación puede mantenerse incluso después de que la condición física haya mejorado.

Por eso, en algunos pacientes no basta con tratar el dolor. También es necesario abordar el aprendizaje emocional que se desarrolló durante el período de enfermedad.

Dolor, ansiedad y sensibilidad emocional: una relación bidireccional

El dolor y los estados emocionales no son procesos independientes.

El dolor persistente puede aumentar la vulnerabilidad frente al estrés, modificar los patrones de descanso y favorecer estados de hipervigilancia o anticipación negativa.

A su vez, el miedo, la ansiedad y el estrés sostenido pueden influir en la percepción del dolor y en la capacidad del organismo para modularlo.

Esta interacción es particularmente importante en animales que ya presentan trastornos conductuales.

Un perro con un trastorno ansioso puede mostrar un incremento de su reactividad si comienza a experimentar dolor crónico. Un gato con dificultades de convivencia puede presentar un aumento de sus respuestas defensivas si desarrolla una enfermedad dolorosa.

En estos casos, el dolor no necesariamente constituye el origen del problema conductual, pero sí puede actuar como un factor que agrava su intensidad, frecuencia o persistencia.

Esto explica por qué algunos pacientes parecen retroceder en sus avances conductuales cuando atraviesan episodios de enfermedad o malestar físico.

También permite comprender por qué determinadas intervenciones conductuales pueden tener resultados limitados cuando no se ha identificado una condición médica concurrente.

No podemos esperar una regulación emocional adecuada si ignoramos factores físicos que están comprometiendo el bienestar del paciente.

El problema de intentar "corregir" una conducta sin comprender su causa

Uno de los errores más importantes al abordar las alteraciones conductuales es asumir que todo comportamiento indeseado requiere entrenamiento.

Si un perro gruñe cuando intentan tocarlo, insistir en que tolere la manipulación sin investigar la causa puede incrementar su malestar y el riesgo de mordidas.

Si un gato evita el contacto físico, obligarlo a interactuar puede aumentar sus respuestas defensivas.

Y si un animal presenta irritabilidad secundaria a dolor persistente, exigirle obediencia o utilizar procedimientos aversivos no resolverá la condición médica que está contribuyendo al problema.

Incluso algunas estrategias que parecen funcionar inicialmente pueden limitarse a inhibir la expresión de determinadas respuestas, sin mejorar la experiencia emocional del animal.

Por eso, el objetivo de una intervención clínica no debería ser simplemente conseguir que un perro deje de gruñir o que un gato permita ser manipulado.

El objetivo es comprender por qué esas respuestas están apareciendo y qué necesita ese paciente para recuperar su bienestar.

Esto no significa que el entrenamiento o las modificaciones ambientales carezcan de importancia. Significa que deben utilizarse cuando corresponda, dentro de un abordaje que considere las condiciones físicas y emocionales del individuo.

¿Cómo podemos sospechar que existe dolor?

Una de las herramientas más valiosas para identificar dolor en perros y gatos es reconocer cambios respecto de su comportamiento habitual.

Los tutores cumplen un papel fundamental porque conocen las rutinas, preferencias y respuestas cotidianas de sus animales.

Algunas preguntas pueden orientar la sospecha:

  • ¿Ha dejado de realizar actividades que antes disfrutaba?

  • ¿Tolera menos las caricias o las manipulaciones?

  • ¿Presenta mayor irritabilidad en determinados momentos del día?

  • ¿Ha cambiado su manera de dormir, descansar o desplazarse?

  • ¿Evita subir escaleras, saltar o adoptar ciertas posturas?

  • ¿Se muestra más sensible después del ejercicio o durante el descanso?

  • ¿Han aparecido cambios en su apetito, eliminación o interacción social?

Estas observaciones no permiten diagnosticar dolor por sí solas, pero pueden aportar información clínica muy relevante.

También es importante considerar que una exploración física aparentemente normal o la ausencia de hallazgos concluyentes en determinados exámenes no descartan necesariamente una experiencia dolorosa.

La evaluación debe integrar la historia clínica, el examen físico, la observación conductual y los procedimientos diagnósticos que correspondan.

En algunos pacientes puede ser necesario incorporar escalas validadas de evaluación del dolor, estudios complementarios o seguimiento de la respuesta a un tratamiento analgésico supervisado.

Los videos registrados en el hogar también pueden resultar especialmente útiles, ya que permiten observar comportamientos que no siempre se manifiestan durante una consulta veterinaria.

Tratar el dolor no siempre significa resolver el problema conductual

Es importante comprender que la relación entre dolor y comportamiento puede ser compleja.

En algunos pacientes, el tratamiento adecuado de una condición dolorosa produce mejorías conductuales importantes.

En otros, la disminución del dolor permite identificar con mayor claridad un trastorno ansioso, una dificultad de adaptación o un problema de convivencia que ya existía previamente.

También pueden mantenerse respuestas defensivas aprendidas durante períodos prolongados de malestar físico.

Por eso, no debemos asumir que administrar un analgésico resolverá automáticamente la agresividad, la ansiedad o cualquier otra alteración conductual.

Del mismo modo, tampoco corresponde atribuir todos los problemas de comportamiento a causas exclusivamente emocionales.

La medicina del comportamiento requiere integrar ambas dimensiones.

En determinados casos será necesario trabajar conjuntamente con profesionales de medicina interna, neurología, traumatología, gastroenterología, dermatología u otras especialidades veterinarias.

Y cuando existe un trastorno conductual concurrente, su tratamiento debe desarrollarse de manera paralela, considerando las necesidades particulares del paciente.

La evaluación médica es parte esencial de la etología clínica

La etología clínica no consiste únicamente en observar conductas y proponer estrategias para modificarlas.

Es una disciplina médica que busca comprender el comportamiento en relación con el funcionamiento del organismo, los procesos emocionales, el aprendizaje, el desarrollo y las condiciones ambientales.

Por eso, antes de establecer un diagnóstico conductual, resulta fundamental investigar la posible participación de enfermedades físicas.

Esto adquiere especial importancia cuando los cambios aparecen de manera repentina, cuando un animal previamente estable presenta un deterioro conductual o cuando las respuestas se intensifican sin una explicación ambiental evidente.

Pero también debemos considerar el dolor en pacientes jóvenes, en animales con enfermedades crónicas y en aquellos que presentan trastornos conductuales de larga evolución.

La ausencia de signos físicos evidentes no debería llevarnos a descartar automáticamente una causa médica.

Un diagnóstico conductual adecuado no puede construirse ignorando el estado de salud del paciente.

Antes de exigir un cambio de conducta, debemos comprender qué está viviendo ese animal

Con frecuencia esperamos que los perros y gatos toleren situaciones incómodas, respondan adecuadamente a nuestras indicaciones y mantengan comportamientos socialmente aceptables, incluso cuando desconocemos cómo se sienten físicamente.

Pero un animal que experimenta dolor puede tener mayores dificultades para descansar, interactuar, explorar o responder de manera flexible a las exigencias del entorno.

No porque esté intentando desafiar a sus tutores, sino porque su estado físico puede estar condicionando sus respuestas.

Reconocer esta relación no implica normalizar situaciones de riesgo ni dejar de intervenir frente a conductas agresivas. Implica hacerlo con criterio médico, medidas de seguridad y respeto por las necesidades del paciente.

El bienestar físico y el bienestar emocional son dimensiones inseparables de la salud.

Y comprenderlo debería cambiar la manera en que interpretamos muchas de las conductas que observamos diariamente.

Porque si un animal tiene dolor, antes de pretender que se comporte bien, debemos preocuparnos de que pueda sentirse mejor.

¿Quieres leer más? 

  1. Gruen, M. E., et al. (2022). 2022 AAHA Pain Management Guidelines for Dogs and Cats. Journal of the American Animal Hospital Association, 58(2), 55–76. https://doi.org/10.5326/JAAHA-MS-7292

  2. Monteiro, B. P., et al. (2023). 2022 WSAVA guidelines for the recognition, assessment and treatment of pain. Journal of Small Animal Practice. https://doi.org/10.1111/jsap.13566

  3. 2022 ISFM Consensus Guidelines on the Management of Acute Pain in Cats. Journal of Feline Medicine and Surgery. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC10845386/

  4. Merck Veterinary Manual. Behavior Problems of Dogs. Sección sobre agresividad asociada a dolor y enfermedades médicas. https://www.merckvetmanual.com/behavior/behavior-of-dogs/behavior-problems-of-dogs


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